Queridos amigos, compañeros, camaradas y familia:

Yo también quiero despedirme de vosotros. Con frecuencia, en algunas reuniones o pequeños actos he citado estas bellas palabras del escritor uruguayo Eduardo Galeano, porque, a mi juicio, reflejan muy bien lo que es o debería ser una organización revolucionaria como la nuestra:

“ ¿Por qué los patos vuelan en V? El primero que levanta vuelo abre camino al segundo, que despeja el aire al tercero, y la energía del tercero alza al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, y así, prestándose fuerza en el vuelo compartido, van los muchos patos subiendo y navegando, en el alto cielo.
Cuando se cansa el pato que hace punta, baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro pato. Todos se van turnando, atrás y adelante, y ninguno se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás.

Y cuando algún pato, exhausto, se queda en el camino, dos patos se salen del grupo y lo acompañan y esperan, hasta que se recupera o cae. Juan Díaz Bordenave no es patólogo, pero en su larga vida ha visto mucho vuelo. Él sigue creyendo, contra toda evidencia, que los patos unidos jamás serán vencidos”

Bueno, pues aquí se acaba un pato, un pato más, ni superpato, ni subpato.

Me siento orgulloso de haber sido hasta el último minuto militante del Partido Comunista de España y, además, en los últimos treinta años militante también de Izquierda Unida. Son 54 años de militancia, con muchos disgustos y muchas alegrías. Si hubiera que volver a hacerlo, lo haríamos de nuevo.

En todos estos años he aprendido mucho de mis camaradas y amigos.

Son cientos y miles de esos militantes sencillos, discretos, anónimos en su inmensa mayoría, sin rostro o nombre que apareciera en los periódicos, pero con un rostro entrañable en el corazón de sus camaradas. Entre ellos he tenido la suerte de conocer a personas extraordinarias. Todos esos militantes nacidos, criados y formados en medio de tempestades, en medio de tormentas, como el abuelo Víctor, como Tina, la madre de Blanca, como Anita Sirgo, todos ellos son los que han permitido con su esfuerzo, sacrificio y tesón, mantener el rumbo de la lucha por el socialismo. Muchos cayeron, sufrieron lo indecible en manos del fascismo y la reacción. Algunos se cansaron, se fueron, pero están ahí fuera, esperándonos para unirse a la lucha. Unos pocos, también hay que decirlo, unos pocos se torcieron porque no supieron ni quisieron ser PATOS, simples patos.

Yo he tenido la inmensa suerte de contar con una ayuda inestimable: la de mi compañera Blanca. Sin ella, yo no habría sido nada.

Querida Blanca, asturiana de braveza, también de piedra blindada, también de dinamita y también de alegría, sin ti, sin nuestros hijos y en este último período, sin nuestro nieto, yo no habría sido nada.

Por mi situación familiar, muy pronto me identifiqué con la clase obrera. Cuando te conocí esa identificación se reforzó. Muchas veces he recordado aquella tarde noche en que con tu padre (estando los tres clandestinos) llegamos a Asturias. Tú volvías a tu tierra por primera vez desde el entierro de tu madre. Recuerdo que tras pasar Mieres y llegar a la última curva de la carretera del puerto de Santo Emiliano apareció el valle y Langreo al fondo con el paisaje de minas y las chimeneas y humos de la Duro Felguera. Ahí estaba el escenario del martirio de tu madre, de tu padre, de ti, y de tantos camaradas asturianos. Y me enamoré de ese paisaje triste, grisáceo, minero.
Y vosotros hijos míos, Víctor y Tina, que lo habéis conseguido todo a golpe de esfuerzo y de trabajo, trasmitid ese espíritu a vuestro hijo y sobrino; a ese maravilloso niño que tanto quiero.

También me dirijo a ti, José María. Ese niño Víctor, que es un diamante en bruto, tenéis que encaminarlo adecuadamente por los caminos de la vida. Me hubiera gustado acompañarlo más tiempo. Que me perdone por dejarlo tan pronto.

Víctor, Bea, Tina, cuidad mucho de mamá. Ella debe durar mucho tiempo. Además, nuestro pequeño campeón la necesita.

Queridas hermanas y cuñados. Os deseo toda la felicidad del mundo a vosotros y toda vuestra familia. Y recordad siempre aquella promesa que escribimos en las tumbas de nuestros padres: “Tu lucha será nuestra lucha”.

Víctor, abuelo Víctor, que sepas que siempre has estado como ejemplo a seguir. Aguanta todo lo que puedas. Un abrazo entrañable. También a tí Chelo.

Y a todos vosotros, camaradas y amigos, hay que continuar la lucha. Tanto esfuerzo, tantos sacrificios no podrán haber sido en vano.

Porque es necesaria, porque es bella y hermosa, porque con ella, se abrirán nuevas avenidas hacia la felicidad, aunque digan que esto es romanticismo (con el impulso romántico a nuestros actos, millones de hombres y mujeres cortaron el paso a enormes peligros), porque penden todavía terribles amenazas sobre la Humanidad, encaremos el futuro gritando, ¡VIVA LA REVOLUCIÓN, VIVA EL SOCIALISMO!

¡Hasta siempre camaradas y amigos!

Antonio Martín Lillo

Leave a Reply

Your email address will not be published.